Domingo, día de la precariedad

A muchos nos va bien comprar un domingo, pero muy pocos están dispuestos a trabajar ese día. ¿Cómo es posible que como consumidores tendamos a normalizar una dinámica que como trabajadores no estemos dispuestos a asumir?

Miramos con pena a la cajera o al dependiente mientras hacemos nuestra compra y en esa contradicción reside la clave, porque el neoliberalismo hace que nos oprimamos los unos a los otros. Las largas jornadas, los turnos desestabilizadores y el agotamiento laboral, hace que nos venga bien comprar los domingos y esta compra dominical se convertido en una forma más de ocio familiar. En cualquier caso, el problema no es trabajar un domingo, que asumimos como un día de descanso y conciliación familiar y comunitaria; sino en qué condiciones.

Hay cierto revuelo por las declaraciones del gerente del Parc Central de Tarragona, que demandaba liberar los horarios y ser flexibles para competir con los comerciantes de la Part Alta, el casco antiguo de la ciudad. A parte de la aberración que supone comparar la venta de pequeños comerciantes con tienda propia, dónde pueden decidir su propio horario, frente a una gran superficie sujeta a una férrea política de empresa y, además, hacernos creer la posición privilegiada de los comerciantes de una zona declarada patrimonio turístico; son ganas de manipular. Más que nada porque para declarar el resto de la ciudad zona patrimonial hay que hacer un trabajo de habilitación y estudio que aún queda pendiente. ¿O qué pretende, que un centro comercial sea declarado patrimonio de la humanidad? Es absurdo.

Por otro lado, el lenguaje neoliberal a menudo es perverso, puesto que el eufemismo de «liberalizar un horario» a menudo trae consigo precarización laboral. Los domingos no se pagan como días extras porque esa «flexibilidad» se basa en mover los horarios de las plantillas de trabajadores para que cubran ese día y no se contrate a nadie más. Siempre venden la posibilidad de que esa liberalización de horarios generará puestos, pero en la práctica nunca sucede. Al contrario, se sube la productividad y se alargan los horarios a base de bancos de horas, dónde un trabajador hace un horario en función de las necesidades de la empresa y no del trabajador. Es decir, un día se dispone a trabajar ocho horas, pero si la afluencia de clientes es baja, se le manda a casa y si ha trabajado tres horas, debe a la empresa cinco de las ocho totales que tendrá que hacer otro día. Y ¡oh! ¡Sorpresa! Estas horas tendrá que devolverlas con su jornada del domingo, al precio de un día cualquiera, sin pluses de ningún tipo. Y ni hablar de conciliación familiar. Así es como una madre o padre tiene que pasar el domingo trabajando en lugar de disfrutar de sus hijos, mientras tienen que librar un martes o miércoles por la mañana, solo porque a la directiva no le resulta rentable contratar a una persona para cubrir festivos de sus trabajadores.

El bienestar laboral es una responsabilidad política. La precariedad no favorece a la riqueza de la ciudad, ya que con el liberalismo bien aplicado es donde todos salimos ganando, no donde solo ganan unos pocos.  

José Ibarz

Activista socio-cultural, escritor, articulista y fundador y presidente de Acrítica, Plataforma por el Pensamiento Crítico Aplicado. Forma parte de Bandera Negra, Casal Popular El Rebotim, Colectivo Fridas, 2504 y Tarragona Animal Save.

2 comentarios sobre “Domingo, día de la precariedad

  • el 14/10/2018 a las 00:44
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    en la mayoría de los países europeos el comercio abre los domingos y festivos sin problema

    el problema en españa es que no es voluntario trabajar el domingo ni se paga bien ese día

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  • el 14/10/2018 a las 01:02
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    “El neoliberalismo”: ese ente que nos coacciona para comprar los domingos. Porque no somos responsables de nuestros actos. La culpa es del neoliberalismo, así eliminamos cualquier atisbo de responsabilidad individual, y podemos lloriquear pareciendo unos revolucionarios.

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