Galicia arde, la Xunta precariza

Galicia arde. Es noticia, o ya no tanto, que los montes gallegos vuelven a sufrir cada año las devastadoras consecuencias de los incendios. Solo durante el año 2017 ardieron más de 62.000 hectáreas, de las cuales el 80% ardieron a mediados de octubre, solo unos días después de que el gobierno de la Xunta despidiese a a alrededor de 1.000 bomberos, cuando aun existían más de 100 incendios en el territorio que no se habían extinguido. Incendios que acabaron con la vida de cuatro personas.

Feijóo, el mismo presidente autonómico que en 2006 se fotografiaba con una manguera para criticar a sus rivales políticos, despidió días antes de los incendios que asolaron las costas gallegas a 436 brigadistas, es decir, despidió a casi 500 profesionales del sector cuando aun la alerta por incendios era de nivel máximo. La respuesta del gobierno de la Xunta: decir que ya estábamos en octubre.

Como en un día de la marmota, la realidad es que durante este año 2018 hemos vuelto a vivir una situación similar. A falta de un mes para que la situación de riesgo finalice – hay que incidir en que el 80% de los incendios durante el año 2017 ocurrieron a mediados de octubre – quienes se encargan de combatirlos se manifiestan para advertir de la escasez de medios y de las lamentables condiciones laborales que padecen. Entre sus principales reivindicaciones destacan una reducción de la jornada laboral – en la actualidad estas jornadas superan a veces las 12 horas seguidas sin  cobertura y sin un compañero que les cubra – un complemento de peligrosidad lineal para todos los funcionarios, no solo para los que participen activamente en la extinción de los incendios, y que se les dote de los medios necesarios para hacer su trabajo mediante la elaboración de un catálogo de enfermedades profesionales o de un plan de acción en materia de seguridad laboral que lleva años paralizado.

En este contexto, los agentes medioambientales, mujeres y hombres entre cuyas labores destacan la protección del medio natural y la actuación en las operaciones de extinción de incendios, permanecen en huelga desde el pasado 1 de agosto. Desde ese momento la Xunta, en un repugnante intento de reventar la huelga, estableció unos servicios mínimos del 100% para los que dependen de la Consellería de Medio Rural y de sólo el 20% para los de la Consellería de Medio Ambiente. Es decir, que de facto ningún agente adscrito a Medio Rural podía hacer huelga, haciendo recaer el peso integro de la misma sobre estos con el objetivo de provocar divisiones internas entre los trabajadores. Ellos serían los únicos que se verían afectados por los descuentos en nómina en caso de que decidieran secundar el paro.

La respuesta de los trabajadores, valiente y solidaria, ha sido preparar una caja de resistencia con aportaciones de más de 350 trabajadores que a 50 euros por cabeza cubrirán con su propio dinero las posibles represalias que pueda tomar la Xunta contra quienes apoyen la huelga. Mientras tanto, los sindicatos se levantaron de la mesa de negociación el día 6 de agosto dejando a sus afiliados desprotegidos frente a un gobierno autonómico opresor y autoritario. Un error por su parte, ya que han abocado a los trabajadores a un final de verano incierto en el que Feijóo, que sigue negándose a negociar con ellos, ha puesto en peligro no solo la salud de los montes gallegos, si no la vida de muchas personas. UGT y CCOO, que en otra época hubieran sido más leales a los objetivos, han vivido tiempos mejores.

Hay quien dice que Galicia es una tierra de contrastes. Mientras Xunta y sindicatos no se ponen de acuerdo en cómo solucionar esta crisis, miles de trabajadores siguen vigilando montes y bosques en las mismas condiciones precarias que a principios de verano. Sin medios suficientes y con unas condiciones laborales lamentables, solo les queda esperar que no se repita la situación del año pasado, en la que octubre fue un mes negro en cuanto a incendios se refiere. Esperemos que, como en el Día de la Marmota, Feijóo y los sindicatos se den cuenta de que haciendo el bien y trabajando por el colectivo, los beneficios pueden ser para todos.

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